jueves, 9 de abril de 2020

Uno

Esto que estas oyendo 
ya no soy yo.
J.D.
Soy lo que queda del eco 
la repetición de mi voz al infinito

El humo caminando al sonido del teclado
la repetición inexacta de la mente.

Un recuerdo que se escapa,
de un sentimiento que ya no es.
Vibraciones, secuenciadas en un soporte
que le asiste a la memoria
para no borrarnos del todo
cuando se nos apague la voz.






un libro empezado
una serie a medias
las palabras son siempre abiertas
le dan lugar 
Le dan lugar a las formas deformes
que navegan en el universo que nos habita
proyectos que se abortan al instante que se rozan con la materialidad.
Y quedan alojadas como polvo al costado de la cama.

Nunca mire las dimensiones de este espacio
Cuántos cuerpos caben? Y cuántas palabras? Y poemas no dichos?





(Con Deb.H)
Miles de historias estancadas en la mente 
nos resuenan en cada rincón.
Se apilan ahí seres imaginarios listos a activarse en el momento que algo los convoque.
Hablamos con ellos. 
Los formamos.
Les damos entidad. 
Los hacemos resurgir, les ponemos nombre.
Miles de amores se nos dibujan en la mente.
En éstas cuatro paredes blancas. 

En las que solo yo tengo cuerpo. Y ellos palabras.
Estamos encerrados en la sombra, 
de nuestro cuerpo
en el diámetro que ocupamos.
Somos nuestra propia compañía 
en este encierro. 

Estamos encerrados 
con la percepción del tiempo, 
con la amplificación repetitiva 
de nuestra sola voz.

Estamos encerrados 
en la historia que nos toca
al tiempo exacto al que caímos.




  

El encierro es ponerte a pensar
cayendo en un espiral
de estar recordando todo todo el tiempo

El encierro es comer 
inmortalizarme en el sueño eterno 
de la introspección obligatoria
de hacer de mi día algo para contar

El encierro es ponerte a pensar
que es una cárcel., 
Entrar en crisis sobre no entrar en crisis
por entrar en crisis

El encierro es comer 
y volver a donde estábamos
y  abrazarme cada día 
por estar encerrada pensando, comiendo, recordando todo todo el tiempo.

lunes, 30 de marzo de 2020

Parte I -



La escritura es mi terapia desde que era una niña. Recuerdo que en los 90 las nenas acostumbrábamos a tener diarios íntimos. Mi pequeña porción de soledad: un papel. El  cuaderno apropiado para ser un diario generalmente tenía llave. El universo posible era privado y acotado. Nadie podía mirarlo. El único diálogo posible era conmigo.

  No recuerdo que ponía, luego de tantas mudanzas una se acostumbra a no guardar tanto, o a no tenerlo como un capital disponible. Siempre en altillos, en cuartos de desechos, siempre en cajas embaladas.  Cuando pasa el tiempo y los alquileres te das cuenta la acumulación de años, de imágenes y de olvidos. No se  puede recordar al detalle 14 casas, no se puede recordar la secuencia perfectamente. Hago el esfuerzo, ya hay demasiado humo, no puedo hacerlo. No hay precisiones cuando las imágenes de tan móviles se tornan borrosas. No puedo recordar los pasillos, las habitaciones y las diferentes disposiciones con precisión.
   Lo que sí recuerdo con seguridad es en cual tenía habitación propia,  y si había pasto o plantas. También la cantidad de espacios disponibles,  y cuan encerrada o vigilada podía estar.  En casa el cuidado, no era cuidado era vigilancia.
     No había muchos más estímulos que la biblia.  Y todas las otras expresiones estaban atadas a su órbita.  Nada que hubiera alrededor podía estar alejado de la figura de dios. La música quizá era el único lenguaje "permitido" (aunque con restricciones). Siempre hay un instrumental en el que la melodía hace lo suyo y no importa lo dicho.
    Recuerdo que mis momentos de soledad tenían que venir acompañados de la mentira de que me iba a orar. La única forma de poder estar sola habilitada era si en realidad decía que iba a hablar con un tipo imaginario y leer un libro lleno de historias y fábulas.
La única casa estable era la iglesia, de hecho muchos años en mi documento la dirección era la de la iglesia. Nosotros no sabíamos a dónde íbamos a estar. Era el único edificio que conocía a la perfección. Sin embargo hoy ya cambió tanto que mis recuerdos comienzan lentamente      su proceso de descomposición.
Las palabras fueron la creación de un mundo de compañía frente a la invasora soledad. Prácticamente  la escritura es como una forma de apropiarme de la realidad, entenderla y acompañarme. La escritura fue la terapia que nos faltó, la conversación que nos hubiera gustado tener, nuestras propias invenciones para caminar el presente.
Ese diario preferentemente de colores rosas, y rojos. Venía perfumado, al igual que las hojas que comprábamos para escribir cartas. Siempre me gustó escribir cartas, aunque ya era una antigüedad. Hoy sólo queda para los nostálgicos, o para un argumento de película de hollywood. Miles de yo circulan por ahí, un yo adolescente que se la pasaba imaginando el mundo exterior, y que sólo le escribía cartas a gente que veía regularmente.  El gesto de intimidad estaba. Lo que faltaba era la intimidad.
Y eso era sólo posible en mí.

La cuarentena es una metáfora a transitar.
 El gran túnel dónde nos vamos a encontrar nuevamente con nuestros fantasmas,
 caminando solos en el  laberinto de nuestra mente.
 Volvemos a convivir con nuestro propio yo. Uno que no huye, porque no puede.
 Al final,  estamos encerrados en nosotros mismos. 
Encerrados con las historias, con los vínculos, con las angustias y también con las miserias.